El silencio del corazón

¿Sabes esa forma particular de hablar que tienen algunas personas? ¿Esa, que cuando imitas, todo el mundo sabe a quién te estás refiriendo? ¿Sabes esa forma de andar, esa forma de mirar, ese tipo de risa característica y única en una persona? Creo que cada uno tiene su sonrisa, su olor, su tono de voz, su estilo, su forma de hacer las cosas, su forma de enfrentar la vida. Son esos pequeños rasgos, tan simples como insólitos, que usamos para identificar a los demás, los que reafirman su exclusividad. 

 

Y es que cada persona es un mundo, un universo, tan brillante, tan cercano, y al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia. Porque una persona no es solo lo que parece ser, no es solo esa mirada, esa gestualidad ni esa personalidad sino que, definiéndole, a la base, arraigados en el corazón, se encuentran sus miedos, sus sueños e ilusiones. El corazón del ser humano es como un ovillo de lana en el que los hilos se enmarañan los unos con los otros. Y realmente, para conocer a alguien, es necesario tirar de ese hilo, resolver los entresijos que forma, hasta obtener la simplicidad de un único cordel, largo e infinito.

 

Y porque son un mundo, me gustan las personas. 

Porque hay tanto que descubrir, que pueden resultar toda una aventura.

 

 

Es verdad que las personas nos fallan, que muchas veces aparentan ser lo que no son, pero como dijo Flaubert, la humanidad es lo que es. No se trata de cambiarla, sino de conocerla”. Es cuando se hace esta constatación que entiendes realmente eso de que una persona no es solo sus palabras, sus gestos o incluso sus acciones. “Tus acciones te definen” dice Alejandro Sanz, pero ¿qué hay detrás de esas acciones? Una persona es también sus temores, anhelos e inseguridades. Es sus defectos, que le llevan a fallar, a caer una y otra vez, es esa debilidad... y también esa fortaleza.

 

Prueba a mirar a alguien fijamente mientras te cuenta algo. Fíjate uno a uno en sus rasgos, en sus expresiones, en sus gestos y, de la nada, todo en esa persona te resultará extraño y, al cambiar la perspectiva de tu mirada, te parecerá que la ves por primera vez. Un rostro es una unidad formada por pequeños elementos de la misma manera que la personalidad se forja sobre el carácter y el temperamento. Y cada rostro es único, así como cada personalidad también lo es. Pero sólo si nos paramos podemos convertir nuestra mirada hacia lo ordinario en algo extraordinario. Para mirar hay que detenerse, porque la mirada superficial no contempla. Y hay tanto que contemplar…

 

Decía Benedicto XVI que “no somos fruto de la casualidad o de la irracionalidad, sino que en el orden de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios”. Y por eso, cada persona es digna de contemplar y de admirar. Porque ha sido creada con Amor por Dios, con ese mismo Amor con el que cada uno de nosotros también hemos sido creados.

 

Y si no tuviésemos a alguien al lado, no aprenderíamos a amar. Y sin alguien a quien amar, no seríamos felices, pues nuestra plenitud y felicidad se basa en el amar y en el ser amado. 

 

Tal vez suene muy utópico, o surrealista, o convencional o tal vez os parezca absurdo. Yo lo encuentro coherente. Veo coherente aprender a mirar a una persona y maravillarse por como es, por las cosas que Dios le ha dado, por las que no y por esas que me ha dado a mí para que las comparta con ella. Veo lógico el asombrarme por todos los sentimientos que las personas llevamos dentro y que pocas veces salen a relucir, sí, veo lógica la complejidad del ser humano. Lógica. Asombrosa. Bella.

 

Y hay que buscar conocer. Conocer para amar. Dice San Agustín que “la medida del amor, es amar sin medida”. Tal vez sea tiempo de una vez por todas de dirigir una mirada de amor al prójimo, de aprender a conocer de verdad las inquietudes del corazón, de entregarse sin reservas, de apostar por la perfección de la Creación de Dios, de amar a los demás más incluso que a uno mismo. 

 

Cada persona es un planeta, aún por descubrir, tan cercano y lejano por igual, únicamente accesible a través del Amor, ese Amor que Dios nos ha puesto en el corazón para darlo.

 

“El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. “ (1 Cor, 13. 4-7)

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Comentarios: 3
  • #1

    Jorge (viernes, 15 noviembre 2013 23:02)

    Aprendamos a mirar con los ojos de Dios, el se fija poco en las apariencias y mucho en el corazon... Gracias clara.

  • #2

    Julio (sábado, 30 noviembre 2013 19:44)

    Gran articulo Clara! ;)

  • #3

    Mariano (domingo, 29 diciembre 2013 17:13)

    LA adoración Eucarística, es el mejor camino para conocer y amar a Dios

 

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