SERVIR ES REINAR

SERVIR ES REINAR

Hemos contemplado con sorpresa la noticia que ha conmocionado al mundo entero en general y a la Iglesia Católica en particular: La renuncia del Papa Benedicto XVI a su ministerio petrino.

No han faltado quienes han querido ver distorcionadamente este gesto del Papa; pero para la inmensa mayoría ha sido un testimonio valiente de humildad, responsabilidad y confianza en Dios. Un gesto que le engrandece más y le honra.

Tras la renuncia del Papa hay, además, un mensaje clarísimo y al que muchas veces no estamos dispuestos a considerar, y es, a saber, que no han nadie imprescindible.

¡Qué bien nos hace este ejemplo del Santo Padre! A nosotros que muchas veces nos consideramos el centro de nuestro pequeño universo, y que nos cuesta tanto desprendernos de los minúsculos puestos de poder que ostentamos (Director, Responsable de tal o cual departamento o apostolado, Delegado ejecutivo de…, Encargado de… etc.), este gesto del Papa nos ofrece materia de reflexión y examen.

¿Mi puesto en la Iglesia, lo considero como un servicio de amor Dios en la Iglesia? ¿o es quizá un título en propiedad que no estoy dispuesto a soltar aunque la diócesis, la parroquia, los fieles lo requieran?

El gesto y la actitud de Benedicto XVI son un ejemplo elocuente de que por encima de su persona está Jesucristo, la Iglesia, el bien de las almas. Nadie en el mundo de hoy renuncia a una posición de poder. El Papa lo ha hecho porque tal posición no la ha entendido nunca como poder, sino como servicio.

Cristo al lavar los pies a sus discípulos en la última cena marcó para siempre el estilo que debemos seguir todos aquellos que habríamos de seguirle.

 

¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si Yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como Yo he hecho. En verdad, en verdad os digo: No es el siervo mayor que su señor, ni el enviado mayor que quien le envía. Si esto aprendéis, seréis dichosos si lo practicáis.

 

 

Desde el inicio de su pontificado se definió como un humilde trabajador de la viña del Señor, y nunca consideró su ministerio petrino como los parámetros del mundo lo catalogan: “El hombre más poderoso del Iglesia Católica”. Lejos de él tal perspectiva. El aceptó el encargo de los Cardenales al elegirlo como un servicio a la Iglesia de Cristo, y cuando ha visto que no está en condiciones de continuar cumpliéndolo con plenitud por falta de fuerzas, ha pedido que otro más fuerte pueda seguir adelante con la misión.

 

Benedicto XVI goza de la libertad de espíritu que le brinda la secuela Christi. Se siente plenamente libre en Cristo y desde la profundidad de su relación con él y con profunda humildad ha reconocido que no tiene ya las fuerzas necesarias para pilotar la barca de Pedro. Esto sólo puede hacerlo alguien plenamente consciente de su pequeñez como persona y de su grandeza unido a Dios. Y es desde ahí, desde donde nos ha señalado que es Dios, el Espíritu Santo, quien guía y gobierna a la Iglesia.

 

Aprendamos del Papa y confiar en Dios. Seamos conscientes que es Él quien guía nuestras parroquias, nuestras comunidades, y busquemos por todos los medios no estorbarle.

 

Pidámosle a Señor la gracia de reconocer, en verdad, no sólo de palabra, que somos totalmente prescindibles y que ilumine nuestro entendimiento para saber ver más allá de nuestras humanas aspiraciones, a fin de tener siempre en el horizonte el bien de la Iglesia.

 

Benedicto XVI, no abandona la barca. Continuará serviendo a la Iglesia desde la oración, recluido en un monasterio dentro del Vaticano. Desde ahí nos acompañará. Desde ahí continuará cuidando de nosotros. Desde ahí continuará reinando, porque SERVIR ES REINAR.

 

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Un adviento de cine

En 1939 hubo una película que marcó un antes y un después en la vida del cine. La película se llamaba “Lo que el viento se llevó”. Y fue el primer largo metraje a color en la historia. Con ella el cine empezó a abandonar el blanco y negro y comenzó una nueva andadura, más mágica, si cabe, gracias al color.

El adviento que hemos iniciado es una invitación que la iglesia nos hace para que vivamos nuestra vida cristiana a todo color: alegres en la esperanza por la próxima venida de nuestro Señor Jesucristo.

Con frecuencia llevamos una vida ctristiana en blanco y negro. Una vida gris, sin chispa y alegría porque con el pasar del tiempo caemos en la rutina y en la vivencia de unas prácticas a las que no damos su verdadera dimensión.

El Adviento, este tiempo de espera gozosa, es una oportunidad magnifica para rescatar esos aspectos de nuestra vida diaria que han perdido color y se han sumergido en el espectro gris de la rutina:

Rescatar la vida de oración: la sencillez en el trato don Dios… Rescatar la jovialidad en nuestras relaciones con los miembros de mi familia o con los compañeros del trabajo… Recobrar la chispa por el estudio, la lectura: ese sano apetito por aprender… Recuperar tantas cosas a las que hay que imprimir siempre nuesta condición de bautizados…

En definitiva, una espera activa, acompañada de buenas obras como pide la oración colecta: Aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo,… acompañados por las buenas obras. Brindémosle a los nuestros el testimonio de una vida cristiana que sabe ponerse a la espera del Señor que viene, con una actitud jovial, llena de esperanza. Misioneros en el propio hogar. Misioneros en el trabajo.

No podemos esperar y menos recibir a Jesús con las manos vacías… Y tampoco con enfados o pleitos entre nosotros…

Así como llenamos el árbol de Navidad de esferas y luces, así tenemos que llenar de buenas obras nuestra vida.

Seamos protagonistas de una nueva película que marque un antes y un después en nuestra vida de amor y entrega a Dios. Una película que hable de la espera gozosa de un Dios que viene a hacerse hombre y que la podríamos titular: “Lo que el Adviento se llevó”. El adviento tiene que llevarse todo lo que de monotonía, tristeza y rutina se nos cuela en la vida. Dejemos de vivir en blanco y negro y pasemos a la era del color que nos trae Jesucristo con su nacimiento.

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Acciones en el año de la fe

Las tres acciones en el “Año de la Fe”


La fe no es una catedral heredada, ni un contexto social en el cual se desarrolla la vida de las personas. La fe es un don de Dios. La fe es el encuentro con una persona: Nuestro Señor Jesucristo. Encuentro que produce tres acciones en la vida de todo aquel que decide seguirle. La fe en primer lugar nos implica. Porque no basta decir creo para resolverlo todo, sino que tenemos que poner en juego todas las fuerzas de la naturaleza y de la gracia para corresponder a este don de Dios.

 

Pero resulta, que esta implicación en la fe, trae consigo "la complicación". Es decir la fe nos implica pero también nos complica. Queremos poner entre comillas este “complica” que produce la fe en la vida del cristiano. Ciertamente es una complicación en el sentido de que quien busca ser coherente con ella, se ve envuelto en una serie de circunstancias queridas unas veces y otras no deseadas, en las que su implicación en la fe le acarrea complicaciones. Complicaciones en la familia, en el trabajo, con los amigos.

 

Es aquí donde mucha gente se arruga. Prefiere no “complicarse la vida” y mantener un perfil bajo en la fe. “Creo pero sin ser fanático”. “Creo pero sin practicar mucho: porque esta vida ya es dura de por sí como para andarla complicando más”. El derrotero de las personas que piensan así, es un camino muy complicado. Porque quienes no se quieren complicar la vida por Jesucristo, la vida termina complicándoles la existencia a ellos y sus familiares. ¡Qué difícil es vivir sin una dimensión sobrenatural! Verdaderamente es complicado; pues la persona tiene que responder a un sinfín de situaciones sin la ayuda de una visión que le permita otear el horizonte desde una atalaya en la que se divisen todos los enfoques y perspectivas posibles. La fe nos da esa claridad de visión. La fe nos permite ver más allá de nosotros mismos. La fe nos otorga la capacidad de procesar todas las realidades desde una óptica sobrenatural, desde una perspectiva divina.

 

Es entonces cuando emerge el tercer elemento. La fe nos implica, la fe nos “complica”, la fe nos simplifica. Y así lo que parece verdaderamente difícil e intrincado, resulta ser algo verdaderamente simple. Porque quien tiene fe, espera; y quién sabe esperar es dueño de sí mismo.

 

Así las cosas descubrimos como la vida de los santos, la vida de aquellos que se han implicado en el seguimiento de Jesucristo; y que por ello su vida aparentemente se ha complicado; resulta ser una vida profundamente sencilla, diáfanamente transparente, clamorosamente simple.

 

Que este año de la fe, nos conceda la gracia de saber ver las cosas a la luz de la eternidad, para que de esta manera optemos siempre por la vida sencilla, diáfana que nos propone Jesucristo en el Evangelio.

 

Impliquémonos en el seguimiento de Cristo, dejándole a Él que nos “complique” un poco la vida, para obtener como resultado una existencia simplificada por la fe, llena de paz y plena de amor.

 

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