dom

01

nov

2015

Existe el Amor, lo demás no es real


 

El universo grita, queriendo llamar nuestra atención, y mientras, como si estuviésemos sordos y ciegos, caminamos cabizbajos obcecados en conocerlo todo, en buscar la causa última de nuestra existencia, el porqué y el inicio de todo cuanto conocemos. Así, cada día, caminamos ignorantes, sin ver ni oír la melodía del mundo que con cada amanecer nos ofrece un abanico de colores y matices sorprendentes.

 

Pero si todo lo supiésemos, si todo lo comprendiésemos, si para todo tuviésemos un porqué, si a todo le encontrásemos una explicación... las cosas dejarían de ser como las conocemos y seguramente perderíamos ilusión en el vivir. La vida perdería su misterio y su carácter constructivo, sí, dejaríamos de crecer y desaparecerían los obstáculos a vencer, pues para todo tendríamos respuesta, una ecuación que resolviese el problema cuando la verdad es que los problemas que no podemos resolver son los que más nos engrandecen.

 

Vivimos la vida con la mirada fijada en un horizonte que no termina, y si la redujésemos a una mera ecuación, este horizonte quedaría truncado y chocaríamos así contra un panorama finito y unos sueños limitados. Y aun así, el hombre, en su gran ego y orgullo, busca controlar todo, busca comprender a Dios, viviendo en un constante planteamiento del porqué, y al hacerlo, entorpece Su Obra.

 

El universo grita, queriendo llamar nuestra atención, con su belleza, su grandeza, porque no se resiste al Amor de Dios, porque no pone barreras a Su Mano laboriosa. Y lo cierto es que si nosotros nos dejásemos moldear, seríamos testimonios vivos de los más grandes milagros. Hay corazones que ya lo son y que con su entrega al prójimo, con la belleza de su sonrisa, con su mirada, con su alegría o con su mera presencia y actuar permiten un cara a cara con Dios.


Y al final, al estar tan sumidos en la búsqueda de respuestas y en vivir activamente la vida, hemos perdido la capacidad de amar coherentemente, de armonizar lo que sentimos, lo que queremos y lo que creemos que el mundo espera que queramos. Y esta incoherencia entorpece y limita nuestra capacidad de amar.


Lo cierto es que nada importa realmente, nada tiene verdadera importancia en esta vida más que conservar la capacidad de amar, porque al final de la vida nos examinarán del amor y, cuando ya no haya vida, solo permanecerá el amor. Amar en lo grande, sí, y ante todo en lo más pequeño, en lo más escondido, en lo que nadie ve. Porque somos realmente grandes en la medida en que nos hacemos pequeños. Pequeños como niños, que aman y se entregan sin reservas, a los que nada les resulta indiferente, a los que todo conmueve y los que de todo se sorprenden. Si nos hiciésemos verdaderamente pequeños y confiásemos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios, viviríamos más felices que cuando buscamos sin cesar salvar al mundo por nuestras propias fuerzas y mentes, sin tener en cuenta que lo que llena al corazón es la entrega en el amor.

 

Citando al Papa Francisco, creo que el verdadero comienzo del camino hacia la felicidad es tener la firme resolución de perseverar en el amor fortaleciendo el corazón. Cuando digo fortaleciendo no me refiero a crear una fortaleza en torno al corazón, forjar un caparazón que haga nuestro corazón duro e inquebrantable, inmutable y resistente a todo, sino un corazón grande con una inmensurable capacidad de amar, un corazón que no ponga trabas al Amor que Dios busca poner en él. Porque tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.


El universo grita, queriendo llamar nuestra atención, y, con suerte, si huimos de la indiferencia y tenemos un corazón abierto al amor sabremos oír Su voz.



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lun

23

feb

2015

Nada tenéis que no hayáis recibido


«El ruido de mis pasos sobre la tierra y las agujas secas de los pinos era lo único que quebraba la quietud y el silencio cálido de aquella mañana otoñal. A cada lado, se alzaban los árboles, altos, rectos, velando sobre mi lento caminar, cubriéndome con sus sombras, tratando de cobijarme, de cubrirme con su verde red. Y no pude evitar el pensar: qué bien se está aquí.

 

De vez en cuando el aleteo de un pájaro al alzar su vuelo me sobresaltaba y, cortando el hilo de las divagaciones en las que me hallaba sumida, me hacia volver a la realidad, a tomar conciencia de mi presencia en aquel lugar. Y mi miraba iba y venía... de los pinos al valle, de ahí a la montaña, se perdía en el azul del cielo o quedaba fija en la oleada de piedras que, junto a mí, la tierra abrazaba, envolviéndolas de musgos y plantas cuyo colorido, si tratase de describirlo, escapaba a cualquier adjetivo.

 

Y me sentí pequeña, pequeña e insignificante ante tanta belleza.

 

Se levantó una suave brisa que llenó el bosque con un suave murmullo, y mi mirada quedó fija en aquellos altos pinos y en sus cortezas raídas, teñidas de mil colores. Me fijé en como, detrás de ellos, el sol empezaba a asomar, bañándolos con su luz, sus rayos filtrándose entre las ramas, incansables. 

 

Y desde mi pequeñez, no pude sino maravillarme por su belleza.

 

Y fue contemplando la belleza que me pregunté el porqué de una creación tan perfecta para alguien tan imperfecto como el ser humano. Traté de sentir a esa mano que, con cariño, quiso crear todo aquello por y para mí, traté de imaginar Su Mano, moldeándome a mí, su regocijo al pensar en ese momento y ese lugar para mí. Traté de imaginar ese Corazón que alberga tanto amor, que ES amor. Traté de concebir cómo puede ser ese Amor, un amor que mendiga el nuestro para poder comunicar Su Vida. 

 

Contemplé los juegos de luz, como esta recorría, escurridiza, el follaje de los arbustos, como jugaba con las sombras, como resaltaba matices, como embellecía los colores... entendiendo que esa luz es la Luz que viene a salvar al mundo. 

 

Mi corazón, inquieto y avergonzado, volvió a buscar un porqué, incapaz de entender su egoísmo, al ver como Él, sin reparos, todo le había dado. 

 

La Creación, su Hijo, su Amor, el Perdón, la Vida.


Quise gritarle al mundo la Verdad. ¿Cómo es posible que algo tan brillante pase desapercibido a ojos del mundo? ¿Cómo puede ser que nuestro corazón no intuya su grandeza, su trascendencia? Lo dijo San Agustín: "Nos hiciste para Ti Señor y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en Ti".

 

El mundo aparta los ojos de esta inquietud, busca acallar esta intuición y lo cierto es que, mientras el ruido de lo placentero y lo útil siga ensordeciéndonos, no aprenderemos realmente a amar, a servir, a vivir. 

 

Y deseé tener el valor de amar, de fundir mi corazón con el que palpita en la Creación. 

 

Y entendí aquello que la Madre Teresa de Calcuta escribió, que "a Dios no lo podemos encontrar en medio del ruido y la agitación. En la naturaleza, los árboles, las flores y la hierba crecen en silencio; las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio. Lo esencial no es lo que decimos sino lo que Dios nos dice a nosotros y a través de nosotros. En el silencio, Él nos escucha; en el silencio Él habla a nuestras almas. En el silencio se nos concede el privilegio de escuchar su voz."

 

Y esa suave brisa le había hablado al silencio de mi corazón.»

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mié

02

abr

2014

Quiere, si te atreves

Hoy quiero contarte que tienes más de lo que crees. 
No me refiero a tener, tener como tal, a esas cosas que puedes contar y palpar, no, me refiero a lo que tienes tú y solo tú por ser quién eres, por ser como eres. Me refiero a esas cosas que llevas en tu corazón, a esas ideas que bullen en tu mente, esos sueños que te mueven, esas cosas que te motivan y encienden tu alma.
 
Hablo de tus inquietudes, de tus valores, de tus capacidades, de tus ideales. Hablo de lo que eres, de lo que no eres, de lo que quieres ser y de lo que puedes llegar a ser.
 
Sobre eso, el tiempo ha ido constituyéndote tal cual eres... las caídas te han ido fortaleciendo y las experiencias te han ido curtiendo. Y ahora llevas una mochila cargada de lo que has querido ir metiendo, vas pertrechado con todo tipo de artilugios para afrontar la vida, todo tipo de herramientas para afrontar la maquinaria de ese gran tren en el que llevas ya tiempo subido. Todo con la esperanza de salir victorioso. 
Al final eres quien eres y lo que llevas en tu mochila. Y esa mochila a veces pesa demasiado. A veces vas cargado inútilmente.
 
¿Y en tu corazón? ¿Ahí que llevas? Piénsalo, porque igual deberías vaciar la mochila y tratar de llenar el corazón. Quizás sea en él donde resida tu verdadera felicidad, mucho más que en todas las cosas que quieres meter en tu mochila. Porque en ti está tu felicidad. Y con eso me pregunto, ¿para qué quieres más si ya lo tienes todo?
Deja de buscar fuera eso que te falta y adopta más bien una mirada introspectiva.
 
Si buscas felicidad, sonríe primero y buscar servir a los demás para que ellos sean felices. Verás que en su felicidad encontrarás la tuya.
Si buscas tener, dalo todo porque es dando que se recibe.
Si buscar amor entrega primero tu corazón, vacía todo tu ser de este sentimiento y vuélcalo en los demás. Entrégate a cada pequeña cosa que hagas. Cuida a los demás. Llénate de una actitud generosa porque en un corazón que ama no hay lugar para el egoísmo, el orgullo, la pereza y el egocentrismo. Y en la medida en que logres sacar todo eso de tu corazón verás cómo este se henchirá de felicidad. Volará tan ligero que lograrás olvidarte de ti.  
Y tu amor durará tanto como lo cuides y lo cuidarás tanto como quieras.
 
Porque todo es cuestión de voluntad. Siempre me dijeron que "si tu veux, tu peux", que si quieres, puedes. Y con tu actitud lograrás llegar más o menos lejos. Puede ser que las circunstancias se levanten contra ti y que igual se impongan a tu voluntad, llevándote al fracaso... pero que no se diga que fue porque no lo intentaste.
 
Y si lo que buscas va más allá, si quieres más amor y felicidad... igual deberías plantearte que necesitas algo más grande, que necesitas a Dios. Ojalá lo encuentres, porque no está lejos. Tiene su huella grabada a fuego en tu corazón, en ese anhelo del hombre de entrega y deseo de amor y felicidad. Está dentro de ti. No necesitas mover cielo y tierra para que Él llegue a ti, tan solo cierra tus ojos, oídos, boca y sentidos y abre tu alma y tu corazón... y ahí le encontrarás como la tenue luz en la noche que arde en el candil. 
Y cuando lo encuentres, no lo guardes para ti porque el mundo necesita de Él, de su amor, y Él necesita de ti para despertar a todos los corazones. 
Que tu sonrisa sea porque sabes que Él camina junto a ti y que sea tan grande y sincera que todos quieran descubrir qué esconde esa sonrisa, cuál es el secreto de tu felicidad.. 
Y que logres sorprenderlos cuándo descubran que es por Cristo, que es por quien siempre está con ellos. Que se maravillen al comprender que esa felicidad, ese algo que buscaban sin saber que lo buscaban había estado siempre ahí, en sus corazones, aguardando a que alguien como tú o como yo despertasen ese fuego.
 
 
Y si buscas el sentido de todo esto, de todo este viaje... yo no te lo puedo dar.
 
Solo puedo darte un consejo: que empieces a amar, porque "amor es el único regalo de Dios Padre, lo demás, viene del amar."
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jue

14

nov

2013

El silencio del corazón

¿Sabes esa forma particular de hablar que tienen algunas personas? ¿Esa, que cuando imitas, todo el mundo sabe a quién te estás refiriendo? ¿Sabes esa forma de andar, esa forma de mirar, ese tipo de risa característica y única en una persona? Creo que cada uno tiene su sonrisa, su olor, su tono de voz, su estilo, su forma de hacer las cosas, su forma de enfrentar la vida. Son esos pequeños rasgos, tan simples como insólitos, que usamos para identificar a los demás, los que reafirman su exclusividad. 

 

Y es que cada persona es un mundo, un universo, tan brillante, tan cercano, y al mismo tiempo, a miles de kilómetros de distancia. Porque una persona no es solo lo que parece ser, no es solo esa mirada, esa gestualidad ni esa personalidad sino que, definiéndole, a la base, arraigados en el corazón, se encuentran sus miedos, sus sueños e ilusiones. El corazón del ser humano es como un ovillo de lana en el que los hilos se enmarañan los unos con los otros. Y realmente, para conocer a alguien, es necesario tirar de ese hilo, resolver los entresijos que forma, hasta obtener la simplicidad de un único cordel, largo e infinito.

 

Y porque son un mundo, me gustan las personas. 

Porque hay tanto que descubrir, que pueden resultar toda una aventura.

 

 

Es verdad que las personas nos fallan, que muchas veces aparentan ser lo que no son, pero como dijo Flaubert, la humanidad es lo que es. No se trata de cambiarla, sino de conocerla”. Es cuando se hace esta constatación que entiendes realmente eso de que una persona no es solo sus palabras, sus gestos o incluso sus acciones. “Tus acciones te definen” dice Alejandro Sanz, pero ¿qué hay detrás de esas acciones? Una persona es también sus temores, anhelos e inseguridades. Es sus defectos, que le llevan a fallar, a caer una y otra vez, es esa debilidad... y también esa fortaleza.

 

Prueba a mirar a alguien fijamente mientras te cuenta algo. Fíjate uno a uno en sus rasgos, en sus expresiones, en sus gestos y, de la nada, todo en esa persona te resultará extraño y, al cambiar la perspectiva de tu mirada, te parecerá que la ves por primera vez. Un rostro es una unidad formada por pequeños elementos de la misma manera que la personalidad se forja sobre el carácter y el temperamento. Y cada rostro es único, así como cada personalidad también lo es. Pero sólo si nos paramos podemos convertir nuestra mirada hacia lo ordinario en algo extraordinario. Para mirar hay que detenerse, porque la mirada superficial no contempla. Y hay tanto que contemplar…

 

Decía Benedicto XVI que “no somos fruto de la casualidad o de la irracionalidad, sino que en el orden de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios”. Y por eso, cada persona es digna de contemplar y de admirar. Porque ha sido creada con Amor por Dios, con ese mismo Amor con el que cada uno de nosotros también hemos sido creados.

 

Y si no tuviésemos a alguien al lado, no aprenderíamos a amar. Y sin alguien a quien amar, no seríamos felices, pues nuestra plenitud y felicidad se basa en el amar y en el ser amado. 

 

Tal vez suene muy utópico, o surrealista, o convencional o tal vez os parezca absurdo. Yo lo encuentro coherente. Veo coherente aprender a mirar a una persona y maravillarse por como es, por las cosas que Dios le ha dado, por las que no y por esas que me ha dado a mí para que las comparta con ella. Veo lógico el asombrarme por todos los sentimientos que las personas llevamos dentro y que pocas veces salen a relucir, sí, veo lógica la complejidad del ser humano. Lógica. Asombrosa. Bella.

 

Y hay que buscar conocer. Conocer para amar. Dice San Agustín que “la medida del amor, es amar sin medida”. Tal vez sea tiempo de una vez por todas de dirigir una mirada de amor al prójimo, de aprender a conocer de verdad las inquietudes del corazón, de entregarse sin reservas, de apostar por la perfección de la Creación de Dios, de amar a los demás más incluso que a uno mismo. 

 

Cada persona es un planeta, aún por descubrir, tan cercano y lejano por igual, únicamente accesible a través del Amor, ese Amor que Dios nos ha puesto en el corazón para darlo.

 

“El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. “ (1 Cor, 13. 4-7)

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mar

29

oct

2013

Dios nos habla

Decía Joana en La ciudad de la alegría que hay tres maneras de actuar ante la vida: huir, ser espectador y comprometerse. Aunque sea cierto, creo que se dejó unas cuantas en el tintero. Y es que la vida tiene tantas facetas, que a veces se necesita más de una actitud para afrontarla. Aun así, yo me pregunto hoy... ¿qué es mejor? ¿huir? ¿ser espectador? ¿comprometerse?
 
Compromiso...parece que es un concepto que repele, una sugerencia escalofriante para algunos, impensable para otros tal vez. Y sí, realmente, eso es lo que el mundo necesita: compromiso. Si no te gustan las cosas, en vez de quejarte, lucha por cambiarlas, comprometete, involucrate en un proyecto y da lo mejor de ti mismo. Incluso te diría que pelees las causas perdidas porque así al menos, al final, sabrás que lo diste todo por lograrlo. Ya lo dijo Michael Jackson en The man in the mirror: if you wanna make the world a better place take a look at yourself and then make a change. 
 
Muchas veces sentimos que la vida nos supera, que no tenemos ni los medios ni la capacidad para superar los obstáculos con los que nos topamos por el camino y es entonces cuando sentimos la tentación de convertirnos en espectadores, de dejarlo todo estar y asumir la derrota. Pero lo cierto es que, es en ese mismo momento, cuando nos disponemos a huir, en el que llegan las fuerzas para seguir adelante, en el que encuentras un motivo para levantarte y tratar de lograr lo imposible. Digamos que algo hace click en nuestra cabeza, es como recibir una corriente de energía y optimismo, es cambiar la perspectiva desde la que enfocamos las cosas... Porque al fin y al cabo las cosas son del color del cristal con el que las miras. 
 
Decía Helen Keller que el mundo está lleno de sufrimiento pero también de superación del mismo. Después de convivir mano a mano con la enfermedad, puedo decir que, ahí donde hay sufrimiento, hay también felicidad. Porque he encontrado las sonrisas más sinceras en las personas con menos motivos, la esperanza en los casos perdidos y la fe en el más desafortunado. La meta de todo ser humano es alcanzar la felicidad, la plenitud, y a veces pasa que, el camino hacia esa anhelada felicidad, se encuentra en el sufrimiento. Vivir es sufrir, sobrevivir es encontrar significado al sufrimiento, o eso decía Nietzsche. 
 
Personalmente, creo que la felicidad es un término muy abstracto, y por tanto, no siempre es fácil alcanzarla porque, simplemente, muchas veces no sabemos donde buscar. Yo tengo la teoría de que para ser feliz, hay que servir. Servir a los demás, entregarse, darlo todo por la felicidad ajena. Porque la Beata Madre Teresa de Calcuta tenía toda la razón al decir que el que no sirve para servir no sirve para vivir. Al igual que no se nos ha sido dado el amor para guardárnoslo sino para entregarlo, no estamos hechos para guardarnos nuestros dones y talentos, sino que nuestro deber es ponerlos al servicio de los demás. Y lo lógico sería que, si lo das todo, te quedes sin nada ¿no? Pues en este caso, el amor vence a la lógica porque es dando que se recibe, y cada vez que todo lo das, recibes aún más. 
 
Hablemos con claridad. Nada de lo que tenemos es nuestro ni nada de lo que somos es mérito nuestro. Dios nos ha creado, a su imagen y semejanza, y ha dibujado con amor cada pincelada de nuestra personalidad. 
Y por eso, somos sus obras perfectas de Amor. 
 
Quiero volver a mencionar a Madre Teresa de Calcuta quien decía que no importa cuanto damos sino lo que importa es cuanto amor ponemos en lo que damos. Dios nos llama a la entrega en los pequeños detalles, a hacer lo que podamos dentro de nuestras capacidades. Porque no hace falta remover cielos y tierra, ni pretender que del día a la mañana cambie el mundo... no. Lo que importa es lo que podemos conseguir en nuestro día a día, entre la gente más cercana a nosotros. Lo que importa es nuestra actitud servicial, nuestra sonrisa y, claro está, el amor que ponemos en lo que hacemos. 
 
Por último, simplemente decir que Dios nos habla. Sí, nos habla siempre, aunque nosotros no tengamos tiempo para escucharle, hablarle o responderle Él siempre esta ahí, llamando a la puerta de nuestro corazón. El lenguaje de Dios, es de Dios, y nosotros no siempre alcanzamos a entenderlo. 
Por eso, Dios decide hablarnos a través de las cosas más pequeñas y sencillas, a través de los detalles. Dios está en la sonrisa de aquel que no tiene motivos para sonreír, Dios está en la enfermedad. Dios está presente en su Creación, en la música de un violín o en una canción. 
Dios es esa mano que acaricia suavemente el rostro cansado. 
Dios está en esa mirada de aliento y ante todo, está en el amor que ha puesto en nuestro corazón.
 
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